Review: Death Howl para STEAM

Death Howl ofrece una experiencia cohesionada y poco común.

Un soulslike como nunca viste antes

Death Howl es uno de esos juegos que no se explican con una sola etiqueta. Definido como un soulslike de construcción de mazos, el título desarrollado por The Outer Zone propone una mezcla inusual entre combate táctico por turnos, narrativa simbólica y una atmósfera marcada por la pérdida y la introspección. No se trata de un experimento superficial, sino de una obra que entiende muy bien las reglas de ambos géneros y decide reinterpretarlas con personalidad propia, apostando más por la coherencia emocional que por la espectacularidad inmediata.

La premisa es deliberadamente minimalista. Encarnamos a una madre que atraviesa un mundo espiritual en ruinas tras la muerte de su hijo, una travesía que utiliza el combate como lenguaje metafórico del duelo. Desde el primer momento, Death Howl deja claro que no pretende contar su historia de forma explícita. La narrativa se construye a partir de símbolos, paisajes desolados y encuentros que funcionan más como estados de ánimo que como hitos argumentales tradicionales. Este enfoque, heredero directo del diseño soulslike, exige atención y sensibilidad por parte del jugador.

El sistema de combate es el corazón del juego. Cada enfrentamiento se desarrolla mediante cartas que representan ataques, defensas, invocaciones y efectos persistentes. La clave no está solo en jugar una carta poderosa, sino en comprender los patrones del enemigo, anticipar sus acciones y gestionar recursos con precisión quirúrgica. Al igual que en un souls tradicional, el error se paga caro, pero casi siempre resulta comprensible. La derrota raramente se siente injusta: Suele ser consecuencia directa de una mala decisión o de no haber leído bien la situación.

Uno de los grandes aciertos de Death Howl es cómo integra la filosofía soulslike en un formato por turnos. Aquí no hay reflejos ni parries en tiempo real, pero sí una tensión constante derivada del conocimiento de que cada turno importa. Los enemigos tienen comportamientos claros, a veces casi rituales, y aprenderlos es tan importante como mejorar el mazo. La progresión no se limita a obtener cartas más fuertes, sino a entender cómo combinarlas de forma eficiente según el contexto.

Visualmente, el juego apuesta por una estética sobria y melancólica. Los escenarios, inspirados en mitologías nórdicas y paisajes espirituales abstractos, refuerzan la sensación de aislamiento. La paleta de colores apagados, junto a animaciones contenidas pero expresivas, contribuye a crear un tono coherente con la temática del duelo. No es un juego que busque deslumbrar técnicamente, sino sostener una identidad artística clara y constante.

El apartado sonoro cumple una función similar. La música aparece de forma puntual, casi tímida, dejando espacio al silencio y a efectos ambientales que enfatizan la soledad del viaje. Cuando la banda sonora entra en escena, lo hace para subrayar momentos concretos, nunca para imponerse. Es un acompañamiento medido, que entiende que en Death Howl el vacío también comunica.

Donde el juego puede resultar más divisivo es en su ritmo. Death Howl es deliberadamente pausado y exige compromiso. No introduce mecánicas a gran velocidad ni busca enganchar con gratificación constante. Algunos jugadores pueden encontrar su progreso demasiado contenido, incluso áspero, especialmente si esperan la escalada típica de poder de otros títulos de construcción de mazos. Aquí el avance es más introspectivo que numérico, y eso implica una curva de aprendizaje exigente.

Aun así, para quienes conecten con su propuesta, Death Howl ofrece una experiencia cohesionada y poco común. Su mayor virtud no es reinventar los géneros que combina, sino comprenderlos y fusionarlos desde un punto de vista temático sólido.

The Review

8.83 Final
9 Others review
9
Premisa
9
Combate
8
Jugabilidad
9
Visual
9
Historia
9
Sonido

¿En resumen?

El resultado es un juego que habla del dolor, la perseverancia y la memoria a través de sistemas lúdicos bien pensados, demostrando que incluso las mecánicas más frías pueden transmitir emociones profundas con notable eficacia.